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La Piel de Zapa por Honoré de Balzac (frases)

Es la mejor novela que he leído hasta el momento y a cada ratito, afortunadamente me encuentra el lujo de frases a través de sus páginas, son muchas y por eso he decidido escribirlas aquí, en lugar de en mi libretita de frases, ya que hay páginas enteras en donde las frases se desbordan, derrochan lujo, haciendo de esta obra una completa joya literaria.

Encontrarás muchas frases aquí Galletas, vienen de una grandiosa/decadente novela filosófica así que si las quieren utilizar tengan cuidado, lean el libro para que entiendan su contexto ya que sin éste, las frases pueden resultar aún más peligrosas, ya que se desconoce su origen, y su intención.

Ojo, esto es una advertencia, usen las frases sólo cuando entiendan su contexto global y particular, entiéndase: cuando lean el libro.

Las estaré anotando aquí porque, reitero, en mi pequeña libreta de frases no cabrían y para motivarlos a que lo lean, a que vivan esta lujosa borrachera intelectual existencial 📖.

Frases que subrayé de la
PRIMERA PARTE

EL TALISMÁN

  • “…El hombre se consume por actos instintivamente realizados que secan las fuentes de su existencia; dos verbos expresan todas las formas que envuelven estas dos causas de muerte: QUERER y PODER. Entre estos dos factores de la actividad humana hay otra fórmula de la que se apoderan los sabios y a la que debo la suerte de mi longevidad. Querer nos abrasa y poder nos destruye; pero SABER deja nuestra débil contextura en estado de perpetua calma. Así, el deseo o el querer han muerto en mí, asesinados por el pensamiento; y la actividad o el poder se han resuelto por el juego normal de mis órganos. En una palabra, he situado mi vida, no en el corazón, demasiado frágil, ni en los sentidos, capaces de embotarse, sino en el cerebro que no se consume y sobrevive a todo.

    Ningún exceso ha desgastado mi alma ni mi cuerpo, pero conozco el mundo entero. Mis pies han hollado las más altas montañas de Asia y América, he aprendido todos los idiomas humanos y he habitado bajo toda clase de regímenes; tengo dado dinero en préstamo a un chino, que me entregó como ofrenda el cuerpo de su padre; dormí en la tienda de un árabe, confiando en su palabra; he firmado contratos en todas las capitales europeas; en alguna ocasión dejé sin temor mi oro en el wigwam de los salvajes y, por último, lo tuve todo porque supe despreciarlo todo.

    Mi única ambición ha sido la de ver, puesto que ver equivale a saber. Y saber, ¿no es lo mismo que gozar instintivamente? ¿No es llegar a la sustancia misma del hecho y apoderarse de ella en esencia? ¿Qué queda, al fin, de una posesión material? Una idea. Considere, pues, cuán bella debe ser la vida de un hombre que, pudiendo estampar todas las realidades en su pensamiento, lleva en el alma las fuentes de la felicidad y extrae de ella mil voluptuosidades sublimes, exentas de las ponzoñas de la tierra.

    El pensamiento es la llave de todos los tesoros; suministra el goce del ávaro, pero libre de sinsabores; por eso me he elevado sobre el mundo, haciendo que mis placeres resulten goces intelectuales. Mis excesos se limitaban a la contemplación del mar, de los pueblos, bosques y montañas. Lo he visto todo, pero tranquilamente, sin fatigarme. Jamás he deseado nada, por esperarlo todo; me he paseado por el universo como por el jardín de una mansión que me perteneciese. Lo que los hombres llaman contrariedades, amores, ambiciones, ambiciones, disgustos o tristezas son para mí ideas que transformo en sueños; en vez de sufrirlas, las expreso, las interpreto; en lugar de permitir que me devoren la vida, las dramatizo, les proporciono un desarrollo y me distraigo con ellas, cual si fueran novelas que pudiese leer mediante una visión interior.

    Como nunca he cansado mi organismo, disfruto de una salud robusta y mi alma, que conserva toda la energía por mí heredada, me permite disfrutar de una cabeza mejor provista aún de lo que está mi tienda ¡Aquí -añadió, golpeándose la frente-, aquí están los verdadedor millones!
    Paso dias deliciosos, dirigiendo una mirada inteligente a lo pasado, evoco países enteros, cuidades, océanos y figuras históricamente hermosas! Tengo un magnífico harén imaginario en el que poseo todas las maravillosas mujeres que jamás he conseguido. A menudo contemplo vuestras guerras, vuestras revoluciones y las juzgo: ¡Ay!¿Cómo preferís la admiración febril y superficial por alguna carne sonrosada o por algunas carnes más o menos mórbidas; cómo preferís todos los desastres de vuestras voluntades sujetas a engaño, a la facultad sublime de hacer comparecer ante uno mismo todo el universo, al placer inmenso del actuar sin sentirse ligado por las trabas del espacio y del tiempo, al placer de abarcarlo todo, de ver el mundo sin excepciones, de asomarse al borde de la tierra para inquirir algo sobre los demás planetas, para escuchar a Dios?

    Ahí están reunidos el poder y el querer -dijo con voz vibrante, señalando la piel de zapa-. Ahí están vuestras ideas sociales, vuestros deseos desmesurados, vuestras intemperancias, las alegrías que os matan, los dolores que os obligan a vivir con exceso, ya que el dolor no es más que un placer pleno de violencia. ¿Quién podría determinar el punto entre la voluptuosidad se convierte en dolor y el momento en que éste continúa siendo un goce? Las luces más vivas del mundo ideal acarician la vista, al paso que las más suaves tinieblas la hieren siempre. La palabra SABIDURÍA ¿no procede de saber? ¿Qué es la locura sino un exceso de querer o de poder?…”
  • Durante esta aurora de la embriaguez, la conversación no salió aún de los límites de la urbanidad, pero, poco a poco, las burlas, los rasgos de ingenio, fueron escapándose de los labios; en seguida la calumnia fue levantando suavemente su cabeza de serpiente y lanzó su voz de flauta; aquí y allí, algún taimado escuchó atentamente con la esperanza de conservar su razón.
    El segundo plato hallaba a los espíritus ya del todo entonados. Se comía hablando y se probaban aquellos líquidos sin tomar en cuanta su abundancia; tan claros y perfumados eran y tan contagioso resultaba el ejemplo.

    Para animar a sus convidados, Taillefer hizo servir los terribles vinos del Ródano, el cálido Tokay y el añejo Rosellón, que tan fácilmente suelen subirse a la cabeza. Desbocados como los caballos de un coche correo que sale de una parada de posta, aquellos hombres, fustigados por el champaña, esperando con impaciencia, pero abundantemente servido, dejaron sueltos los espíritus en la inmensidad de esos razonamientos que nadie escucha, se pusieron a contar esas historias que no interesan y plantearon una y otra vez esas interpelaciones que suelen quedar sin respuesta. Sólo la orgía desplegó su gran voz, compuesta de cien clamores confusos que van aumentando como los crecendo de Rossini. Luego llegaron los brindis insidiosos, las fanfarronadas, los desafíos.

    Los invitados renunciaban a gloriarse de su capacidad intelectual para reivindicar la de los toneles, cubas y pipas. Cada uno parecía tener dos voces. Llegó un momento en que los amos hablaban todos a un tiempo mientras los criados sonreían. Pero aquella confusión de palabras en que las paradojas poco hábiles y las verdades grotescamente disfrazadas chocaban, en medio del vocerío, con juicios sin sentido, con chistes de mal gusto, y burdas necedades, como en el fragor del combate se cruzan las balas, granadas y metralla, habría interesado sin duda a un filósofo por lo descabellado de los pensamientos o sorprendido a algún político por la extravagancia de los sistemas.
    Aquello era al mismo tiempo un libro y un cuadro.
    Las filosofías, las religiones, las morales -tan distintas de una a otra latitud-, los gobiernos y, en resumen, todas las geniales manifestaciones de la inteligencia humana cayeron bajo una guadaña tan larga como la del Tiempo y quizás hubiera costado trabajo decidir si estaba manejada por una Cordura ebria o por una Borrachera cuerda y suspicaz.

    Arrastrados como por una tempestad, aquellos espíritus intentaban conmover todas las leyes en que se asientan todas las civilizaciones, igual que un mar agitado al lanzar su furia contra los acantilados de la costa satisfaciendo así, sin saberlo, la voluntad de Dios que deja en la Naturaleza el bien y el mal, y guarda para sí solo el secreto de la lucha perpetua entre ambos.

    Furiosa y burlesca, la discusión llegó a ser, en cierto modo, un aquelarre de inteligencias. Entre las bromas impregnadas de tristeza de aquellos hijos de la Revolución con motivo del nacimiento de un periódico y la ocurrencia de los alegres bebedores para celebrar la aparición de Gargantúa, mediaba todo el abismo que separa el siglo XIX del XVI. Éste prepara la destrucción entre sonrisas, aquél lanza sus carcajadas en medio de las ruinas.

Pero resumamos este amplii panorama de la civilización.
Las naciones tuvieron de la fuerza en los tiempos primitivos un concepto material, unitario, grosero; mas tarde, a medida que se fueron agrupando entre sí, precedieron los gobiernos a segregaciones más o manos hábiles del primitivo poder. Así, desde la más remota antigüedad, la fuerza residió en la teocracia; el clero sostenía a un tiempo la espada y el incensario; pasado el tiempo hubo dos sacerdocios: el Pontífice y el Rey. Hoy nuestra sociedad, última fase de la civilización, tiene distribuido el poder de acuerdo con sus actividades y hemos llegado a esas fuerzas que denominamos industria, pensamiento, dinero, palabra.
El poder, carente de unidad, marcha sin tregua hacia una disolución social que no encuentra más valía que el interés. Por eso no nos apoyamos en la religión ni en la fuerza material, sino únicamente en la inteligencia.
¿Equivale el libro a la espada? ¿Tiene la controversia igual valor que la acción? He aquí el problema.

-La inteligencia lo ha matado todo -exclamó el carlista-. La libertad absoluta lleva a las naciones al suicidio. Los paises se aburren con el triunfo, como los ingleses millonarios.

-¡Valiente novedad nos contáis! Habéis ridiculizado todos los poderes, lo cual resulta tan vulgar como negar a Dios. No tenéis ya convicciones. ¡Vivimos en un siglo enfangado en el libertinaje, como un viejo sultán!

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