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Bloqueo creativo y mis reflexiones acerca del covid en mi ciudad

Hace unos días me di un respiro ya que me sentía abrumada y saturada con tantas actividades qué hacer en línea, siempre es bueno desconectarse de vez en cuando, un rato para centrarnos en el presente, en nosotros mismos.

Tenía que permitirme dejar salir todo el estrés que acumulé, sobre todo por la universidad en línea, ya saben que al final todo se junta, exámenes, trabajos finales, proyectos… tanto en línea como presencial siempre me han estresado, y más al final de trimestre pero no sólo era el tema de la universidad, sino que también estoy teletrabajando, eso sí, amo mi trabajo, que se puede hacer desde casa o en oficina, y es lo que estudié, de Ingeniería Electrónica, ahí lo que me estresó es que dejé un par de asuntos pendientes para darle más énfasis a la universidad, no me gusta la sensación de que los trabajos se acumulen y acumulen, no me es productivo.

También decidí dejar de subir vídeos en Youtube por un tiempo, mientras acabaran los trabajos finales, exámenes… me concentré mucho en la escuela, cuando acabó me fue un tanto difícil retomar mis actividades ya que estaba llena de estrés.


Me sentía cansada, algo aburrida, lo identifiqué, me dije que eso no era normal en mí pero aún así me lo permití sentir, sólo por el plazo de una semana, que se alargó como a dos pero ya salí de ese hoyo emocional, ahora me siento muy fresca para retomar la escritura, que me hechiza.

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Permitirte sentir mal pero darte un plazo para ello es parte de racionalizar los sentimientos, de eso es algo que deberíamos platicar más, de la inteligencia emocional.

Estuve de turista por mi propia ciudad, con las medidas necesarias, me permití conocerla mejor pero sobre todo, disfrutarla, estar en sus mejores lugares, descubrir los nuevos negocios de cafeterías y librerías que a pesar del covid se han instalado, ¡eso me ha dado tanto gusto!
Recorrí sus calles sin prisa, sólo paseando, disfrutando el poder caminar y estar bajo su cielo siempre azul, encontrar detalles en su arquitectura colonial y pintoresca, sentir la calma con que la ciudad respira, me hizo saber que todo estaría bien, que sólo necesitaba un respiro para mí.

Mientras caminaba, vi a lo lejos un ángel, plateado, sonriente, que caminaba hacia mi dirección, me paré, aprecié a aquella criatura que se acercaba a las personas, les daba algo, y les agradecía, cuando llegó a la chava que estaba cerca de mi, cargando a su hermoso gatito, pude ver que eran paletas, cuando me ofreció una, no solo era la paleta lo que me daba, sino que tenía en rollito, una frase ¡cómo me encantan las frases al azar!

Así nació mi nombre.


El ángel estuvo regalando muchas sonrisas y paletas y frases a las personas que se encontraban en su camino, continúo hasta que la perdí de vista y sentí feo, sentí que necesitaba ir detrás para seguir admirando lo que hacía.
Cuando la encontré, estaba entre las personas que hacía fila para entrar al ATM del parque, avancé hacia ella y ella hacia la subida a San Francisco, ahí la intercepté, pregunté si le podía tomar una foto, ella, muy amable, aceptó.

Le pregunté por qué obsequiaba paletas, – porque quiero darle algo a la gente, en medio de toda esta situación, algo que los haga felices, aunque sea pequeño.– fue su respuesta.

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En la pequeña ciudad, como supongo en varias otras, se sentía ese clima de tristeza, ese apagón que conlleva la incertidumbre, se sentía esa falta de risas, de alegrías por parte de los niños que van al parque e imaginan estar en Marte, de los ancianitos que salen a bailar con su pareja, con quien llevan toda una vida juntos, con quien han creado una maravillosa y basta familia, se extrañaba al organillero, a los novios disfrutando su helado, y de sus miradas, a los cuentistas ampliando la imaginación de los pequeños y ellos recordando lo qué es ser niño, a las amigas que se quedan de ver en el kiosko para platicar de moda y otras chunches, a las comadres que van a platicar rodeadas de naturaleza de sus hijos, a quienes iban en familia a alimentar a las palomas, a chicos y grandes emocionados de ver una ardilla trepando su árbol, a quienes vienen de fuera, a quienes viven su propia ciudad, al poeta que en busca de inspiración, no tienen problema de estar sentados sólo a la banca, a los intelectuales que se reúnen en el café, al señor que vende algodones de colores, a los señores de los carritos de helados… rehiletes que giran y giran y todo es armonía de colores, eso es lo que se extrañaba en la ciudad, ese movimiento, ese girar, esa vida de las diversas personas que aquí habitamos.

Ese ángel nos recordó que esta mala situación es sólo temporal, eso sí, dolorosa, pero que al final, la alegría y aquellos que nos hace humanos y que nos impulsa a ser mejores personas cada día, esa aspiración “divina”, a ser como ella, un ángel, nunca morirá.

Le agradezco haberme hecho el día, y creo que puedo hablar por todos quienes tuvimos la fortuna de haberla visto de agradecer por habernos recordado nuestra esencia.


Creo que mi ciudad es muy bonita, y que hay veces en que por las prisas pasamos en la calle, no nos damos cuenta de lo que tenemos, de los negocios familiares, de los nuevos, de los que se van, de los que se remodelan, de las nuevas personas que llegan o de quienes se mudan, a veces recuerdo que la ciudad estaba adoptando un estilo de vida vertiginoso, que ya cada quien iba en su onda de avanzar y avanzar a pasos que no se pueden dar, que no es nuestra facultad como nos lo han hecho creer, a veces recuerdo haber visto a la gente jadeando porque de tan prisa que iban ya no podían respirar, a veces recuerdo a la gente ser tan indiferente, tan mal educada, recuerdo, a veces, a la gente prefiriendo ir a comprar a las grandes tiendas en lugar de a las pequeñas y pintorescas que le dan el alma a la ciudad, a veces recuerdo a la gente tan frustrada consigo misma por el tráfico que aquí se hace, que todo era un caos ya, y que ese era el nuevo estilo de vida en la ciudad, el acelerar sin sentido.

Esta situación del covid nos ha enseñado lo muy pequeños e insignificantes que somos, porque a comparación de antes que creíamos que por tener dinero lo teníamos todo, y ese todo era cosas vistosas para presumir a los demás, fama, likes, antes nos creíamos en la cima de la evolución humana, casi casi dioses, pero olvidándolos al mismo tiempo.

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Ahora, nos hemos dado cuenta que el dinero no lo es todo, que no tiene mucho sentido tenerlo si no lo invertimos en nuestra salud, en alimentación verdadera en lugar de comida chatarra, que de nada sirven los likes si afuera todo está podrido, que no somos y estamos lejos de ser dioses, que la ciencia es lo único que tenemos como camino a un destino con menos incertidumbre y que muy poco caso se la ha hecho.

  • Espero que esta situación nos ayude a dejar atrás malos hábitos, a entender, comprender y retener lo que es importante, a conservar lo bueno de nosotros, como mostrar cariño, espero nos haga entender el valor de abrazar, de saludar de beso no porque sí, sin sentir nada por esa persona, en esa caso mejor de lejitos pero para quienes uno ama, espero se valore más.
  • También me gustaría escribir acerca de lo bonito de esta forma de comunicación, del apoyo de la tecnología en nuestra vidas y que para darle un uso eficiente, uno debe estar bien consigo mismo, para transmitir, compartir ideas, proyectos, sueños, metas, esperanzas, para hacernos una mejor sociedad, que su uso eficiente no consiste en ventilarse uno mismo y compartirlo todo, sino sólo lo que aporte valor.

Con amor y cariño al presente y futuro:
LaGalleta Libros y Café
#🍪📚☕

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