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Todo lo desencadenó Kioto… y su suave sonido

Sentados por casualidad, uno al lado del otro, en el evento de entrega de las llaves de la ciudad, o una premiación, tú ya estabas ahí, impuntual de los buenos, de los que llegan antes. Llevabas un suéter verde bandera. Estabas observando la pequeña desorganización en el escenario, preguntándote si al final el evento sí comenzaría a tiempo cuando unos instantes después, llegué, apenitas si rozando para ser puntual, toda guapa, bien arregladita, simpática saludando a todos, algo preocupadita para mis adentros por el Sol y por llegar puntual a mi lugar, me acerqué a mi asiento, que bueno, llegué dos minutos antes de la supuesta hora de inicio, porque sí, la logística estaba un poquito alborotada con el tema del conector del cable del micrófono.

Después de sentarme, me acomodé la falda color rosa viejo, como inconscientemente te ví, también miré hacia las personas de logística, que seguían con la mirada la trayectoria del cable, que buscaban el motivo de porqué se escuchaba tan bajito, estuve un poquito concentrada a lo bobo en esos detalles técnicos, desde los asientos, como si aquello fuera el show en sí, aparte se estaban colocando más sillas ya que por fortuna, fueron más personas de las previstas, al parecer eso de tener poca logística atrae. Quien sabe.

Saqué mi espejo de mano para verificar el estado del delineador, que conmigo, con tantito calor se corre, estaba ahora con esta preocupacioncita de que el sol no me hiciera lucir un maquillaje descuidado, más aparte de tenerlo sobre la piel pero bueno, son sólo upreocupaciones, como cookies que dejan un rastro de lo que consumimos, pequeñas preocupaciones de la vida diaria, que todos tenemos.

Me di cuenta que sólo era una preocupación bobita, de aquellas que hacen muucho más daño que el propio sol de la tarde, ya que estaba guapísima, mi reflejo me indicó que estaba perfecta. Enfoqué mi energía en estar presente, en sonreír a la gente, disfrutar el haber llegado un par de minutos antes y que la un tanto escasa logística hiciera que ese par de minutos antes fuera suficiente para haber llegado a tiempo. Los asientos se empezaban a llenar.

Mi pulsera gruesa de plata relució con un desafiante destello al acomodarme el cabello rebelde que me cruzaba la cara, dejándose llevar por el libre aire puro de la pequeña ciudad.


En sí, aquél pequeño momento fue agradecer la caricia suave del sol, sentirlo como lo que es, mi amigo. Fue justo ahí, en ese pedacito de tiempo y ubicación que el destello de la pulsera captó la mirada de un joven muchacho, de una niña y la tuya, que a mi lado, volteaste a verme.

Te quedaste viéndome y pusiste cara de: «Oye, yo te conozco…» pero guardaste silencio, preferiste seguir viéndome, observándome. Te gusté. Te gustó la vista, mi perfil egipcio endulzado por el Solecito del atardecer. Te gustó el roce de mi cabello en mi frente, libre como mis pensamientos cuando estoy presente, sentiste la delicada fuerza sutil femenina, aquella mirada… ~Cleopatra entre nosotros» pensaste «¡ pero qué mujer tan bonita!» Me reconociste, tu piel se tornó pálida.

Sentí esa mirada magnética tuya sobre mí, y de ver al escenario, al supuesto rímel corrido en el espejo, a la belleza misma, a sonreírle a la gente, a disfrutar mi lugar, te sentí, sentí tu presencia, con sólo verte de reojo reconocí quien eres.

El sonido de aquél día, los libres vientos, los árboles casas de los palomos que se mecían con gracia, el volar de las palomas, la gente llegando, el vendedor de algodones, las risas inocentes de los niños al perseguir a las aves, las conversaciones de las familias, el chisme de las amigas, el saludo de los compadres, el arrastre de los asientos de los invitados, las órdenes de logística, poniéndose de acuerdo entre ellas, el futuro maestro de ceremonias tomando la iniciativa con el «Bueno, bueno, probando, 1, 2, 3, probando…»los vitoreos y saludos efusivos a la gobernadora, los chiflidos, el viento… se detuvieron. El volumen del instante fue bajando de y el silencio fue en aumento al igual que me petrificaba y mi tono dorado pasó a ser blanco como la perla, miraba al frente sin mirar, captando toda la visión por el lateral del ojo izquierdo… A un ritmo que ni es ritmo, repentinamente, de estar acalorada estaba helada. Ya sólo había silencio.

De esto se dio cuenta mi amigo el Sol, que le dijo al Viento soplara hacia la izquierda, para voltear a verte.

Eras tú, mi Harry.

Ya no tenía calor, estaba petrificada y congelada peeero, al sentir tu mirada, empecé a derretirme por dentro.

Giré, a la indicación del suave viento, mi cabeza hacia tí. Nos miramos.
¡No’ombre, estás guapísimo!

El tiempo, aquella cosa más curiosa que no existe, dejó de transcurrir. Nos recordamos siendo jóvenes, esa llama que aún no se apaga. Todo estaba quieto y sin sonido. Todo menos el Sol que me acariciaba y el Viento, del que Gracias a Dios ! tomé aliento cuando por dentro me fundía en oro de gratitud y diamantes de felicidad quieta.

Felicidad felina.

Mis ojos sólo reconocían ante mi la locura, el enorme placer desbordado de volver a verte.
Mis labios se separaron un poquito después de haber sido desarmada de la realidad por tu mirada fija y sincera. (y de deseo también)

Sí, nosotros fuimos aquellos chamacos enamorados de 13 o 14 años, aquellos que nos besamos por primera vez, espontánea y apasionadamente* a la salida de la secu.

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