¿QUÉ LEEN LAS HADAS?

¿QUÉ LEEN LAS HADAS? -LA HERMOSA MUERTE

¿QUÉ LEEN LAS HADAS?

LA HERMOSA MUERTE

“Los ojos de Virginia se llenaron de lágrimas, y se cubrió el rostro con las manos.

   –¿Alude usted al jardín de la muerte? –dijo con voz apenas audible.

   –Sí; la muerte. ¡Qué hermosa debe ser la muerte! ¡Yacer sobre la oscura tierra, mientras las hierbas se mecen sobre nuestra cabeza, y escuchar únicamente el silencio! No tener ayer, ni mañana. Olvidar el tiempo y lo detestable de la vida; descansar en paz. Usted puede ayudarme. Usted puede abrir para mí el portal de la casa de la muerte, porque lleva el amor con usted y el amor es más fuerte que la muerte. Ahora –dijo–

Virginia tembló. Un frío estremecimiento la recorrió, y por un instante hubo silencio. Le parecía vivir un espantoso sueño.

El fantasma volvió a hablar con una voz cual sollozo del viento.

   –Ha leído usted alguna vez la vieja profecía del ventanal de la biblioteca?

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   –Muchas veces –contestó la jovencita levantando la vista–. La sé de memoria. Está escrita con unas extrañas letras negras y es muy difícil de leer. Consta de sólo seis líneas: …”

Fuente: “El Fantasma de Canterville y otros relatos”, Oscar Wilde, EMU, edición de 2017, pág. 44

¿QUÉ LEEN LAS HADAS?

¿Qué leen las hadas? -Pocahontas

¿QUÉ LEEN LAS HADAS?

Pocahontas

“OPECHANCANOUGH. Tío de Pocahontas, hermano mayor del gran jefe Powhatan. Fue Opechancanough quien entregó a la novia en la iglesia protestante de Jamestown, desnuda iglesia de troncos, hace tres años. No dijo una palabra durante la ceremonia, ni antes ni después, pero Pocahontas contó a John Rolfe la historia de su tío. Opechancanough vivió en otros tiempos en España y en México, fue cristiano y se llamó Luis de Velasco, pero no bien lo devolvieron a su tierra arrojó al fuego el crucifijo y la capa y la gola, degolló a los curas que lo acompañaban y recuperó su nombre de Opechancanough, que en lengua de los algonquinos significa el que tiene el alma limpia”.

Fuente: “Memoria del fuego I. Los nacimientos”, Eduardo Galeano, 1ra edición 1982, pág. 219